sábado, 21 de julio de 2012

Drácula drácula drá cha cha cha

Levantandose de la cama a media noche se dio cuenta que no estaba sola. Sentía una extraña pero dulce presencia a su alrededor. - dulce, dulce debido a que se había bañando con shampoo de cerezas antes de dormirse -. Era extraño, incluso, ya que no sabía porque se había despertado tan abruptamente. De hecho recordaba el sueño que estaba viviendo inmediatamente antes de abrir los ojos; ella era una princesa encadenada en una roca, atada con miles de cadenas al frente del mar - claramente era afrodita -. Lloraba y suplicaba por su vida ya que su pueblo la entregó como ofrenda al dios del mar para calmar su cólera. Sentimientos de desesperación y satisfacción de ser la elegida recorrían su cuerpo, además sabía que estaba soñando, era uno de esos sueños lúcidos que llaman por ahí. El caso es que su desesperación no encontró final pues se despertó en medio de la noche. Despierta, su corazón empezó a palpitar, cada vez más y más fuerte. Parada - claramente de pie - al lado de su cama, sentía como era observada. Observada por la pequeña abertura de su armario, por ese leve destello que se veía a un metro por encima del suelo. Era rojo - como los ojos que quedan en las fotos que tomamos con las cámaras baratas en horas de la noche -, rojo carmesí, sangriento. De repente su corazón, su mente y el punto rojo carmesí encontraron la tonada final... el destello rojo se multiplicó, dos, dos colmillos, un cuello, una damicela de los tiempos modernos desmayada en las manos de un vampiro. Claramente estaba soñando.




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